domingo, 16 de marzo de 2014

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El invierno pone la prisa y yo la desesperación por encontrarte. A estas alturas casi que ya apenas nadie puede hacer que nos separemos del suelo sino únicamente para estrellarnos contra él. De nuevo. He vuelto a no saber qué, si tú estás encontrando las respuestas en otra cama. Y si la Navidad me parece el purgatorio donde tanto tiempo libre sólo me regresa a los bares donde nos hemos hecho cubatas y daño. Va a ser así, rodas y rodas hasta que me paren los pies algunos brazos, y luego me peguen una hostia. Hasta despertar  de toda esa realidad que sólo sucede cuando no estás. Es decir, siempre. Tantos domingos como el de hoy. Igual que expresiones que sin palabras se quedan en una mueca de dolor. Tantas. Ya me estoy cansando, pero he aquí mis ojeras para recordarme que voy a seguir aunque no quiera. Aunque no me quieras. Qué desesperación tan disfrazada de calma, que ya apenas logra que entre en calor cuando hace no sé cuánto frío que no te veo. Si las cosas salieran como queremos, o si al menos las cosas que queremos no salieran de nuestra vida. Todo iría mejor, como cuando llevas el suficiente alcohol en sangre para decir "te quiero" y el orgullo sabe que no puede hacer nada. Es esa libertad, la de querer ser prisionero de algunos ojos en los que estés mejor que en casa. Todo iría mejor, estoy tan seguro de ello como lo estoy cuando digo que ya apenas recuerdo de qué paraíso era tu boca la entrada. Y siempre  descendiendo, podría ceder frente a tus piernas, y luego entre ellas. Y empalmar los días con esa facilidad que tienes tú de hacerte indispensable, como el cigarro de después de comer. Sería perder la noción del tiempo y encontrarnos guapos si nos despertamos más feos que nunca, pero juntos. Enero viene cargado de toda la mierda que promete cualquier comienzo. Ojalá este año tengamos más orgasmos que finales.

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